18.5.07

NUEVISIMO TESTAMENTO

Cuando invocó, por eso de probar no más, vía espiritismo a la Purísima, jamás imaginó que la comunicación sería tan intensa e inmediata. No alcanzó siquiera a pensar la primera pregunta sobre su futuro, cuando ya estaba poseída por la Santa: la Virgen estaba ahora en su cabeza y así también el convencimiento de que ella era la madre del salvador del mundo. Ella era, orgullosísima y a toda honra, la Mater del Mesías que los judíos seguían esperando.

Encontró a un José para criar al hijo que esperaba y con toda la FÉ de la que es capaz una madre, hizo de ese niño, un hombre divino. Así, Jesucristo II fue intachable y tan santo como el original. Sanó estadios enteros de enfermos de SIDA y se convirtió en el resucitador oficial de los Lazaros modernos que se suicidaban para ser vueltos a la vida por Su Santidad. Se paseaba por los escaparates del mundo sonriendo amor y paz. Entre las jovencitas despertaba una pasión no tan santa como profunda y todas querían que Él las bautizara y las confirmara una y otra vez. En las TV grama regalaban santitos de él que ellas plastificaban e intercambiaban entre sí.

Era tan popular como adorado, salvo, claro por el Vaticano y los musulmanes, a los que este fenómeno mediático los ponía tan nerviosos como el Marxismo o los herejes. El Papa al ver que su puesto perdía sentido si este hombre decía la verdad, se encerró en su despacho a blasfemar.

Todo iba bien en su conquista del mundo, pero este Jesús como el primero y penúltimo, no hizo caso a las supersticiones y tentando la suerte, fue el treceavo en sentarse a la mesa de su última cena entre amigos. Y así también terminó siendo ridículamente traicionado, cambiado por una nueva Harley Davidson. Pero, nuestro protagonista, asesorado por su madre y la Biblia I , alcanzó a escapar de su tradicional destino, aunque apenas por un versículo.

Como todo delincuente en fuga de estos tiempos, se escapó a algún lugar de Sudamérica y vivió una barba entera entre chamanes y aborígenes haciendo magia en vez de milagros. Poco tiempo pasó hasta que la ayahuasca y los bichos de la selva terminaron por desencantar la última reserva de auto-FÉ en su misión divina. Y con su fe derrotada, sin mayúsculas ni acentos, gritó mirando hacia arriba toda su rabia y locura porque a nadie le importó si se sentía bien tener tanto poder sin buscarlo. Aulló toda la soledad de su cuerpo y alma y toda la imperiosa necesidad de reunirse con su padre aunque Él ya lo hubiera abandonado.

Era la primera y última pataleta de su vida porque su corazón no aguantaría otra. Un soplo no diagnosticado lo mató, a los treinta y tres años, por supuesto. Y Jesucristo II, como el primero, se murió sin la merecida resurrección porque era un mortal, como todos, y no había cielo ni Padre para él, aunque esto nunca, felizmente, llegó a saberlo.